Una lectura acerca de “13 razones”…

¿Quién no recuerda su adolescencia? Esa sensación de incomprensión, la creencia de que todo lo vivido era singularísimo, como si fuéramos una especie de “bichos raros” a los que sólo les sucedían ciertas cosas que el “resto del mundo” no podría entender jamás. La montaña rusa emocional, extrema excitación y fervor, seguido a veces sólo en instantes de un “bajón” súbito. Verse en el espejo cientos de veces, hasta incluso no poder ni siquiera mirarse por temor a lo que iba a encontrar en ese reflejo. Observarse para buscarse, ¿quién soy realmente? ¿Soy la niña temerosa, a la que todo le incomoda? ¿de la que los demás se burlan, la que se ve gorda? ¿Soy la joven revoltosa, que no sabe de límites, fuerte, que se lleva el mundo por delante? ¿Soy la que por momentos quisiera volver al mundo de los juegos, donde todo era más sencillo, donde podía refugiarme en los brazos de mamá y se terminaban todos los dolores? Mirarse y preguntarse ¿Quién soy hoy? ¿Quién seré en el minuto siguiente? ¿Quién seré mañana? ¿Quién seré para los demás? Esos que con sus miradas me definen todo el tiempo: “tonta” “traga” “fea” “trola” “copada” “fácil” “frígida”… A veces me definen amiga, confidente, a veces hay algún lugar de refugio. Etiquetas.

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Todos vivimos asignando categorías a la realidad, creando realidades a través de nuestras categorías. Etiquetamos el mundo para hacerlo aprehensible, para sentirnos seguros, para volverlo predecible. La mayor parte del tiempo no somos conscientes de este proceso, simplemente sucede. No somos conscientes de que nuestra forma de etiquetar a otros genera actitudes, nos predispone a actuar de determinada forma con ese otro, y asimismo, condiciona el comportamiento del otro a partir de la etiqueta que se le asignó. Hay etiquetas que son un privilegio en nuestra sociedad, hay otras que son casi casi una condena. Marcan. a fuego. Duelen. Queman. Calan en lo más profundo. Hanna carga con una etiqueta que no se podrá desprender, ni con el paso del tiempo, ni con nuevas experiencias, ni mirándose a los ojos. La etiqueta se refuerza capítulo a capítulo, con la intervención deliberada de muchos de los varones de su clase, quienes gozando del privilegio de poder, la acosan tanto sexualmente como moralmente. Pareciera que se da una especie de “pacto de machos” donde implícita y explicitamente (Marcus) Hanna se vuelve objeto de uso, exhibición y descarte.  Ella se pierde a sí misma en la imagen que le refleja el otro, los otros.  La complejidad que introduce además el efecto de las redes, las pantallas como medios de validación y de creación de realidades. El papel del observador, quien capturado por la escena funciona como cómplice. Efecto dominó, todo se expande fuera del territorio de lo palpable. Los adultos, ajenos. Afuera. No hay posibilidad de regulación en este caso.

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¿Cómo es ser víctima de abusos? ¿Cómo es sentir que tu cuerpo es terreno de otros? ¿Sentir que esa suciedad, esa mancha te acompaña a todas partes? No hay escondite de uno mismo. No hay como la memoria del cuerpo, primaria, inasible. Pura sensación. No tardan en llegar los efectos traumáticos en forma también de flashbacks, los cuales interfieren incluso en momentos donde el cuerpo de Hanna esta en otro lugar, esta siendo subjetivado por un otro a través de un recorrido amoroso, consentido. El CONSENTIMIENTO, palabra poco trabajada, poco presente en nuestra cotidianeidad. Consentimiento. Basta con decir que NO. Aunque haya querido ir a ese parque voluntariamente, aunque haya accedido a la cita, aunque haya aceptado entrar en el jacuzzi en corpiño, dice NO. Pero los demás no paran. ¿Cómo queda el alma después de esa vivencia?

Silencio.  A Hanna no la mata lo vivido, no fue el bulling, no fue el abuso. Fue el SILENCIO. Su silencio, no le permite poner palabras a lo tenebroso, poner palabras al miedo, poner palabras a la violencia, poner palabras al abuso. El silencio no le permite poner palabras al amor (Clay). El silencio no le permite pedir ayuda. No le permite gritar, dejar salir la ira y dirigirla hacia las personas que la crearon, sino que la dirige contra sí. El silencio abre paso al pasaje al acto, el silencio rompe, se expresa en dos cortes que ponen fin a su tormenta mental y emocional. Otra vez, nos habla su cuerpo.

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¿Fue sólo su silencio el que la mata? También fue el silencio de los otros. El silencio de sus compañeros, los espectadores, los que sabían que ella estaba sufriendo y siendo víctima de acoso. El silencio de quienes deberían estar acompañando el proceso adolescente, escuchando e interviniendo cuando es necesario. Los docentes, los directivos, el “consejero escolar” quien estando al tanto del clima violento que se daba en la escuela prefería mirar para otro lado.

La paradoja es que, cuando decide terminar con su vida, es cuando puede poner palabras, cuando puede narrar y narrarse a sí misma lo que para ella fueron los motivos que la llevan a suicidarse. Y cuando emerge la palabra, se produce un alivio momentáneo, una chispa de esperanza que la lleva a finalmente, pedir ayuda, aunque ella no sabría que en la persona equivocada.  Quien siendo la única persona a la que Hanna se animó a hablarle usando palabras de su sufrimiento, no la escuchó ni habló.  Su familia. Su familia estaba demasiado ocupada en los problemas cotidianos, en el mundo de los adultos, tanto que no pudo verla realmente. Estamos tan alejados de ese mundo adolescente, ese que está tan menospreciado socialmente que nos lleva a simplificar y pensar que “son pavadas de chicos” “son todos unos rebeldes”  “la adolescencia es así, intensa, sólo quieren llamar la atención”.                                                      Y los adultos, claudicamos en nuestro rol. Winnicott decía que, aunque el adolescente desafíe y se revele, el adulto debe sostenerse en su lugar, no claudicar. No correrse, no evadirse de su rol de contención. Tampoco mimetizarse con el adolescente. Aquí, a Hanna, los adultos le fallan. Se corren. Se encierran en sus problemas, en lo que para ellos es su mundo “verdaderamente importante”.

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Como decía antes, luego de que emerge su palabra e intenta socializar su dolor, se encuentra con un otro que elige mirar para otro lado, seguir sentado en su escritorio. Ella lo espera fuera, a pesar de todo, quiere una oportunidad de sentir que su sufrimiento es importante para alguien. Ese alguien no llega. Solo queda el vacío. Y  es en el encuentro con ese vacío, que se deja ir. Sí. Hanna tenía un plan. Llevo días preparándolo. Dando señales que nadie eligió ver. Pistas que nadie se molestó en seguir.

Me parece importante, trasmitir a padres y educadores el valor de esta serie. Poder tomarse el tiempo para verla, preguntarse qué harían ustedes en esa situación, qué señales pueden encontrar de que sus hijos o hijas están sufriendo. Conectar con su propia adolescencia ¿Qué me gustaba? ¿Qué me hacía sufrir en ese momento? ¿Qué me ayudaba/quiénes? Abrir el diálogo con sus hijos e hijas. No hay que temer poner palabras, las palabras sanan, mediatizan, permiten un proceso que se despegue del cuerpo, del acto. No hay nada peor que no hablar por miedo a determinados temas. Es difícil, sí. Tener hijos es difícil, adolescentes no imagino cuánto. Es esencial demostrarse disponible, contenedor, sin atosigar, sin interferir.

Los docentes, me parece riquísimo que puedan acceder a esta serie, que les permitirá adentrarse en el mundo adolescente, en esos códigos que permanecen invisibles en lo cotidiano. Pensar en escenas para compartir y trabajar con el grupo, desde un enfoque crítico. Poner temas a circular en horas de tutoría.

Si sos adolescente o tenes otra edad y estas atravesando alguna situación de sufrimiento, o sentís que necesitas hablar con alguien de tus sentimientos, pedí ayuda.  No hay sufrimiento que no se pueda aliviar con la escucha, el abrazo, el sostén y las herramientas que un profesional de la salud puede utilizar para juntos encontrar un espacio de alivio.  Es importante que tengas en cuenta que podés llamar a cualquiera de las lineas telefónicas que adjunto al final de la nota.

Lic. Carolina Mora

Páginas de interés y líneas de ayuda telefónica:

Línea de prevención al suicidio 135: https://www.casbuenosaires.com.ar/

Linea para denunciar abuso sexual y violencia familiar 137: http://www.jus.gob.ar/atencion-al-ciudadano/guia-de-derivaciones/violencia-sexual.aspx

Linea de salud sexual integral  08002223444: http://www.msal.gob.ar/saludsexual/

Linea para denunciar violencia de género 144: https://www.argentina.gob.ar/llamar-al-144-linea-gratuita-de-asistencia-y-prevencion-de-violencia-de-genero

Linea para denunciar violencia contra los niños/adohttps://www.argentina.gob.ar/llamar-al-144-linea-gratuita-de-asistencia-y-prevencion-de-violencia-de-generolescentes 102 : http://www.buenosaires.gob.ar/areas/salud/salud_mental/saludmental_guardia.php

Programa las victimas contra las violencias: http://lasvictimascontralasviolencias.blogspot.com.ar/

Hospitales de la cuidad de Buenos Aires con guardia de Psicología: http://www.buenosaires.gob.ar/areas/salud/salud_mental/saludmental_guardia.php

 

 

 

 

 

 

La amistad: concepto difícil de definir en la adolescencia. Momento de exploración

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