Las formas de la violencia hacia la infancia

“El ejemplo tiene más fuerza que las reglas” Nikolái Gógol

Para crecer sanos, Winnicott[i] plantea que desde su nacimiento los niños necesitan que el ambiente los reciba con brazos abiertos, los acune y les responda de forma suficientemente buena  a sus necesidades biológicas, sociales y emocionales.  El vínculo con la figura materna es primordial y garantiza la continuidad de la existencia: cuando una madre nutre no solo alimenta el cuerpo sino también el espíritu y se estimulan las conexiones neuronales que permitirán el desarrollo de la inteligencia en todos sus aspectos.  Para Bowly[ii], las figuras de apego son las primeras fuentes de seguridad y  las interacciones con ellas constituyen las bases sobre las que se construirá la identidad del niño. En momentos posteriores, las instituciones formarán parte esencial de la socialización secundaria y la internalización de normas y formas de vincularnos para vivir en sociedad.  Ahora bien, ¿qué ocurre cuando la violencia entra en escena? La violencia hacia los niños se manifiesta de formas diversas, mayormente silenciosas, invisibles, naturalizadas. Los castigos físicos, los insultos y degradaciones verbales son solo algunas de sus formas; menos visibles son la falta de respuesta o la respuesta inadecuada del adulto ante las necesidades del niño.

Históricamente los niños han sido objeto de control y adoctrinamiento por parte de los adultos. El historiador  Lloyd de Mause[iii] plantea que ante la necesidad de un niño el adulto puede reaccionar “proyectando todos sus sentimientos inadmisibles en el niño, siendo evidente que se han de tomar medidas para mantenerlo bajo control” lo que dificulta ver al niño como una persona  con iguales derechos y distinta a sí mismo.

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En nuestra sociedad actual la infancia es objeto de violencia y control desde el momento del nacimiento. Nuestros niños llegan  mayormente sin que se respeten sus tiempos para nacer. Siendo cortado el cordón de forma prematura, son separados del calor de su madre para  controlarlos por primera vez, invadiendo su cuerpo con sondas, inyecciones, y múltiples manipulaciones que nada tienen que ver con sus necesidades y sus tiempos. Muchas veces por culpa de algún profesional ansioso o de las cortas licencias laborales  son privados también de alimentarse del pecho de su madre e ingresan de ese modo como destinatarios en una cadena de consumo  (biberones, chupetes, hamacas, cunas, etc.).

Algunos libros se presentan como manuales de crianza, invitando a las familias a utilizar soluciones mágicas para “enseñarle al niño a dormir”. ¿Cuántos bebés lloran incansablemente en sus cunas a causa de que un doctor inescrupuloso les hizo creer a sus padres que son mañosos y manipuladores? Gracias a las neurociencias hoy sabemos que dejar llorar a un niño es muy dañino para su desarrollo debido a la segregación de cortisol, una sustancia toxica para el cerebro.  ¿Qué le estamos enseñando a un niño cuando le dejamos llorar? El niño aprende que nadie acudirá en su ayuda, aprende que sus necesidades emocionales no son importantes, aprende la soledad y la resignación.

Los niños pequeños tienen que aprender a regular sus emociones, a poder graduar su intensidad de acuerdo a las situaciones que les toca vivir y poder comunicar a los demás sus necesidades de forma adecuada. Durante sus primeros dos años la principal forma de comunicación con la que el niño cuenta cuando algo le disgusta es el llanto: a medida que va madurando y complejizando sus interacciones con los otros irá incorporando otras formas de comunicación a través de la palabra e internalizando estrategias de regulación emocional. En todo este proceso, el adulto es fundamental para acompañarlo e ir modelando a través de sus propias conductas, de su ejemplo, la capacidad en el niño de autoregular sus emociones. Para  Carlos González “cuando nos es imposible acallar un llanto, nuestra propia impotencia puede convertirse en irritación”. La demanda de un niño se torna invasiva y nos obliga a cambiar nuestra actitud para contenerlo. Si no logramos salir de nuestra irritabilidad por esta demanda, y en cambio dejamos al niño enfrentar un desborde de llanto en soledad, o si reaccionamos castigándolo o maltratándolo, golpeándolo, gritándole, estamos contribuyendo al caos y demostrando además nuestra propia incapacidad para gestionar nuestras propias emociones.

¿Por qué hacemos a un niño lo que no le haríamos a un adulto? Si una querida amiga esta triste, desconsolada, ¿la dejaríamos llorando en soledad? ¿Qué nos hace pensar como padres que tenemos derecho a tratar a nuestros hijos de la forma en que no trataríamos a nadie más? ¿Acaso los hijos son pertenencias de los padres y por eso podemos tratarlos a nuestro antojo?

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Los niños nos confrontan con nuestros propios fantasmas, nuestras vivencias más enterradas. Inevitablemente cuando nos convertimos en padres se reedita en nuestro inconciente la propia infancia, el vínculo con nuestros padres.  Aquello que nos ha dolido de la infancia, aflora por caminos inexplicables, y si no estamos conscientes y atentos a ello, puede manifestarse en nuestras acciones. Así surgen quienes, habiendo sido violentados en su infancia, justifican y utilizan la violencia física como forma de educar. No es raro escuchar a alguien decir: “a mí me pegaban cada paliza y así aprendí”. Los dichos de la máxima autoridad de la Iglesia validan esta forma de corregir a los niños que con “dos o tres palmadas en el traste no vienen mal”, ignorando tanto la declaración de los derechos del niño como la convención de derechos humanos, las cuales dejan en claro la necesidad de erradicar cualquier forma de violencia contra los niños y niñas. En nuestro país además se suma el nuevo código penal, que en el artículo 647 tipifica la Prohibición de malos tratos y da la capacidad al Estado de intervenir ante “cualquier hecho que menoscabe física o psíquicamente a los niños y adolescentes”[iv].

Sin duda alguna los golpes y cualquier forma de maltrato físico constituyen un acto gravísimo de violencia contra los niños, y sus consecuencias son perdurables e impactan en la personalidad adulta. Las personas que son golpeadas en su infancia tienden a ser más inseguras, a tener dificultades en la gestión y comunicación de sus emociones, a establecer relaciones con otros basadas en la dominación o el miedo, es decir a reproducir el papel de víctima o de victimario. Golpeando a un niño no se está enseñando a ser obediente, sino a tener miedo y a reaccionar de forma violenta ante los conflictos. Al fin y al cabo, la obediencia no es un aprendizaje sino más bien una forma de control desigual.

Las amenazas también son una forma de coacción y chantaje emocional. Algunos padres y educadores hacen un uso sistemático de las mismas,  tal vez sin darse cuenta, como cuando por ejemplo se le dice al niño que se le van a quitar privilegios o se le infundirán castigos: “portate bien sino…”. Sería interesante preguntarnos ¿Qué es portarse bien?  ¿Cuál es la conducta que se quiere fomentar y cual se quiere evitar? Para los niños esa frase es sumamente abstracta. Hace ya mucho que las investigaciones desestimaron el aprendizaje basado en amenazas de castigos[v].  Gracias a las neurociencias, es ya una evidencia científica que los seres humanos no aprendemos bajo la influencia de amenazas o castigos. La supervivencia es más importante que el aprendizaje, por eso cuando nuestro cerebro reptiliano detecta cualquier tipo de amenaza desconecta áreas más evolucionadas, como la corteza prefrontal, encargada del aprendizaje.

Es frecuente apelar a amenazas y luego darnos cuenta de que son imposibles de cumplir, generando además desconfianza en la palabra del adulto. Muchas veces incluso se configuran mitos o historias para infundir miedo: “te va a venir a buscar el viejo de la bolsa” solíamos escuchar en nuestra infancia y nos generaba una sensación de miedo y desamparo.

Las palabras construyen realidades. Según cómo se nos hable durante la infancia se constituirá nuestra voz interior. Insultos, degradaciones, cada adjetivo con el que calificamos a nuestros hijos marcará profundamente su autoestima generando consecuencias no sólo en el presente sino también a futuro. La autoconfianza se construye en la infancia a través del vínculo con nuestros cuidadores, en primer lugar los padres pero también otros adultos significativos. Si ellos le devuelven aprobación, si confían en las capacidades del niño, alientan a superar los desafíos y valoran sus  logros generarán las condiciones para resolver las situaciones adversas de forma positiva y con confianza. Cuando un niño es menospreciado y hostigado,  se le enseña que no puede superar las dificultades, que nadie lo ayudará  y se sientan las bases para una personalidad insegura y conflictiva.

¿Qué nos lleva a violentar a los niños? El cuerpo de los niños ha sido desde siempre objeto de control. En su dependencia más temprana los bebés necesitan ser cargados por sus cuidadores. Desde la más temprana infancia se les impone en qué posición estar, cómo es apropiado sentarse, a qué ritmo deben caminar,  etc. Pareciera que lo que más altera al adulto es la incesante necesidad de movimiento del niño, su más inocente espontaneidad y deseo de exploración.  “Quedate quieto” se escucha en las escuelas, en las confiterías, en los consultorios médicos.  Así la violencia se reproduce en el ámbito educativo, jurídico, económico y cultural. Como adultos la espontaneidad y el movimiento del niño nos invita  a reconocer que el niño es un ser humano con necesidades y motivaciones individuales, que no está aquí para satisfacer las necesidades y deseos de los adultos.

El modo imperativo parece dominar los intercambios de forma vertical, del adulto hacia el niño. Su menor estatura, su corta edad, su indefensión los deja  completamente vulnerables.  Ulloa[vi]  desarrollo el concepto de “encerrona trágica” para referirse a toda situación en la que “alguien para vivir depende de algo o alguien que lo maltrata o destrata sin tomar en cuenta su situación de invalidez.  Se presenta como situación sin salida, en tanto no haya un tercero que represente a lo justo y rompa  los dos lugares.  El síntoma típico es la resignación.”  Sin dudas, los niños maltratados y violentados por sus cuidadores se encuentran en una encerrona trágica, donde las personas que debieran garantizar su bienestar y desarrollo emocional sano hacen lo contrario. Es una situación, por el nivel de desvalimiento, del niño de la que no puede salir por sus propios medios.

Es importante tener presente que cada uno de los adultos desde nuestro lugar, como educadores, profesionales de la salud,  ciudadanos, vecinos, amigos y familiares tenemos la responsabilidad de proteger a los niños de cualquier tipo de violencia y la posibilidad de detectar estas situaciones.  Para ello es importante tener en cuenta algunos de estos indicadores.

Los niños maltratados pueden  presentar[vii]:

– Miedo aparentemente injustificado de niño hacia los adultos.

– Tendencia a la soledad y aislamiento, sobre todo en las edades que se espera que los chicos tengan más contacto con los pares, principalmente a través del juego.

– Detención o retraso en el crecimiento.

– Enfermedades psicosomáticas de repetición. Trastornos en el control de esfínteres. Trastornos en el control de impulsos, inhibición, desafectivización.

– Agresividad desmesurada o estallidos de agresividad inexplicables, o debido a estímulos muy pequeños. Trastornos de conducta.

– Accidentes frecuentes.

– Enojo o molestia ante el grito o el llanto de otros chicos más chiquitos, repitiendo un patrón que se da en su casa; la intolerancia del adulto al llanto, a la demanda o al grito de un niño.

– Sobreadaptación. Se muestran complacientes con adultos que desconocen, con una facilidad abrumadora de adaptabilidad ante personas  con las que tienen poca confianza.

– Dificultades de adaptación a situaciones cotidianas como levantarse para ir a la escuela, cuando ya se adaptaron a ir a la escuela.

– Dificultades o retraso en cualquier área del desarrollo evolutivo (psicomotricidad, inteligencia, lenguaje).

– Bajo nivel de autoestima.

– Se involucran en situaciones delictivas o en comportamientos antisociales, que presentan inhibición para jugar (tanto en la escuela como en el consultorio), no pueden o no tienen capacidad de jugar.

– Pensamiento o ideación suicida, o bien tendencia suicida.

Un cambio es posible si comenzamos cuestionando lo naturalizado,  así logramos no reproducir la violencia y cortar el ciclo. Revisemos nuestros preconceptos en relación a la infancia. Intentemos ejercitar la empatía, poder ver a los ojos de cada niño y encontrarnos con nuestra propia infancia desvalida. Pidamos ayuda de profesionales u organizaciones especializadas en detección y abordaje del maltrato infantil. Conectar con lo potencial del niño, a través del juego, respetando sus ritmos y vinculándonos con él desde  el amor.

Podemos cambiar la historia de nuestros niños  y de ese modo la nuestra también.

[i] Winnicott, D. “Inmadurez Adolescente”,  El hogar nuestro punto de partida. Winnicott :pediatra y psicoanalista Inglés.

[ii] John Bowlby, “Cuidado maternal y amor “, Psicoanalista Ingles

[iii] Lloyd deMause “Historia de la Infancia”. Historiador.

[iv] Artículo 647 en http://www.nuevocodigocivil.com/wp-content/uploads/2015/texto-proyecto-de-codigo-civil-y-comercial-de-la-nacion.pdf

[v] Mitra Sugata,

[vi] Fernando Ulloa, psicoanalista Argentino.

[vii] http://www.asapmi.org.ar/publicaciones/articulos/articulo.asp?id=138

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2 thoughts on “Las formas de la violencia hacia la infancia

  1. Muy bueno y muy completo el artículo. Sólo una duda tengo, se menciona como maltrato o necesidad de dominar al niño cuando en los lugares públicos los padres les pedimos a nuestros hijos que se “porten bien”. Yo creo que en esa situación puntual, la violencia si bien es ejercida por el cuidador, es generada por una sociedad que es intolerante con los niños y no quiere ser molestada con risas, gritos, corridas, ruidos, etc. Lo que quiero decir es que los padres en determinadas situaciones terminamos retando a nuestros hijos más que por propio deseo, por presión social. Entonces, cómo podemos actuar en esas situaciones en las que sabemos que si nuestro hijo se está divirtiendo hay personas a las que eso les molesta?

    1. Hola Araceli! cómo estas? Muchas gracias por tu comentario!
      Entiendo perfectamente lo que decis! A todos nos ha sucedido alguna vez sentir la mirada acusadora de los otros. Yo pienso que depende mucho del contexto en el que estemos y de la tolerancia de cada uno a este juzgamiento. Es importante hacer el trabajo de introspección para poder reconocer cuáles de esas “voces” nos pertenecen y cuales vienen del afuera, para luego decidir cómo actuar. Considero que si estamos en un lugar público y el niño/a se divierte sin hacer algo peligroso ni faltarle el respeto a los demás, entonces serán ellos quienes deben resolver esa incomodidad, no lo crees así?
      Un saludo!

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