El papel de lo transicional

Hoy me gustaría retomar un autor maravilloso, aunque muchas veces no se ha apreciado su valor fundamental y sus aportes que nos ayudan a comprender la infancia y la adolescencia: D. Winnicott.

Pediatra, psicólogo y psicoanalista inglés, sus obras se centran en el desarrollo del individuo saludable. Para Winnicott el desarrollo del individuo depende no sólo de las capacidades innatas dadas por la biología, sino que en gran medida el ambiente tiene una influencia fundamental.

Cuando hablamos de ambiente nos referimos a las condiciones en las que se desarrolla el niño, pero refiere principalmente a las relaciones que establece con los principales cuidadores. En sus desarrollos teóricos, Winnicott da especial relevancia a la figura materna en un primer momento, considerando que es necesario para la evolución saludable de la personalidad de los cuidados de una madre (o quien cumpla su función) suficientemente buena.

¿A qué refiere el término bondad? No está pensando justamente en un juicio de valor, sino más bien en la capacidad que tiene la madre de decodificar las necesidades del niño, de comprenderlas y de responder a ellas de forma ajustada. Cuando nacemos, llegamos a este mundo completamente indefensos y para sobrevivir se produce un estado de fusión emocional con nuestra madre o figura de apego. Esta fusión significa que el bebé no distingue entre su cuerpo y el pecho.

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Durante mucho tiempo nuestra única herramienta para comunicar aquello que nos molesta es el llanto. Dolor, necesidad de contacto, sueño se expresan a través del llanto. Es el papel de la función materna poder decodificar este llanto, y responder a él para calmar las necesidades del bebé. A través de la empatía puede interpretar las necesidades del niño y responder a ellas, dejando muchas veces de lado sus propios deseos.

Claro que la respuesta nunca es perfecta, porque como bien dice Winnicott, no somos robots. A veces la madre tarda más de lo que el bebé esperaba, otras primero piensa que el llanto se debe a un dolor de panza y le hace masajes para ayudarlo pero es en realidad que el bebé tenía ganas de ser cargado y de contacto.  Pero finalmente, en un tiempo más o menos a tono con las necesidades niño, la madre logra responder a ellas y de esta manera se restablece la calma interna.

Esta capacidad materna de ajustarse a las necesidades del bebé y acompañarlas, brindando sostén y continuidad en los cuidados es lo que sienta las bases de lo que Bowly llamó apego seguro. A través de esta seguridad que brinda el entorno, el bebé va construyendo la seguridad interna, al saber que sus necesidades tienen respuesta.

Es por esto que la madre es suficientemente buena, pero imperfecta. Un ambiente facilitador es el que permite el desarrollo saludable del individuo, brindando continuidad de cuidados y apego seguro, pero también es imperfecto. La madre ilusiona al niño, cuando se acomoda a sus necesidades casi a la perfección y a la vez lo desilusiona, cuando tarda más o lo hace de manera desajustada. En este camino, estas desilusiones llevarán al bebé a refugiarse en una zona intermedia, en la que tendrán lugar los fenómenos y objetos transicionales. Winnnicott les llama así porque representan el pecho, la figura materna que está ausente y ayudan a restablecer momentáneamente la calma. Un ejemplo de los objetos transicionales se ve cuando frecuentemente los bebés toman un osito o mantita como su favorito, y comienzan a llevarlo a todas partes. No dejan que nadie se los quite, incluso no dejan lavarlos. Ese objeto es tan importante para ellos porque representa a la figura de apego, es un sustituto. A su vez abre la puerta a la experiencia del juego y el fantaseo, un lugar donde se exprese nuestra espontaneidad. Esa zona intermedia nos acompaña a lo largo de nuestras vidas, como nuestro refugio. En los niños lo vemos especialmente en el  juego, pero en los adolescentes y adultos podemos encontrarla en el arte, la experiencia creativa, el deporte y también el fantasía.

Para que se desarrolle la personalidad sana necesitamos que el ambiente facilitador posibilite y proteja estas experiencias desde nuestra infancia y también en la adolescencia. Los adolescentes necesitan experimentar espontáneamente,  jugar con sus cuerpos, probar distintos disfraces (hoy se visten como emo, mañana como hippies, etc), expresar su creatividad a través del arte, la música. Muchas veces el adulto en su intención de ayudar a crecer “a madurar” a los adolescentes no permite estas expresiones, las sanciona, las castiga o estigmatiza. Empuja al adolescente a ser responsable, a ser independiente, pero lo cierto es que nunca ni siquiera los adultos somos independientes de forma absoluta. Winnicott nos advierte sobre el peligro que conlleva esta actitud del adulto, y es generar que el adolescente construya un “falso self”. ¿Qué significa? Que adopte una personalidad “como si”, superficialmente engañe a los demás y se sobre adapte a las demandas de los otros, pero estará lejos de la experiencia creativa, espontánea y de afirmar su personalidad genuina.

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Crecer constituye ante todo un acto agresivo, poner toda la potencia del sujeto en afirmarse y  hacerse adultos, por eso la fantasía en la adolescencia es de asesinato al padre, porque crecer significa ocupar su lugar. La muerte y el triunfo personal aparecen como algo intrínseco al proceso de maduración. Esta es una fantasía inconciente, algo que no se puede expresar más que deformado y enmascarado, y generalmente se expresa como rebeldía.  “La rebeldía tiene que ver con la libertad que se les da a los hijos de existir con derecho  propio”.

Es importante que los adolescentes cuenten con adultos a los que puedan usar para manifestar su rebeldía, donde encuentren figuras a las cuales oponerse pero que a su vez sean un lugar de protección al permitir esas experiencias sin obligar a madurar demasiado pronto.  Para Winnicott la inmadurez es un elemento esencial de la salud en la adolescencia: implica potencial creativo y espontaneidad. “La sociedad necesita ser sacudida por las aspiraciones de quienes no tienen responsabilidades, si los adultos abdican, el adolescente se convierte en adulto de forma prematura, a través de un proceso falso”

La condición es que los adultos no abdiquen, no transfieran la responsabilidad al adolescente ni lo obliguen a madurar demasiado pronto.  Lo único que pueden hacer los adultos es sobrevivir a los ataques. Lo importante es que el desafío de los adolescentes encuentre oposición, esto le da sentido a la lucha por “ocupar el lugar del rey” y a la vez implica un lugar de garantía al cual retornar como protección. “Oponerse sin represalias, sin espíritu de venganza, pero con fuerza.”

La adolescencia implica crecimiento, y éste requiere mucho tiempo. Y mientras tiene lugar el crecimiento, la responsabilidad debe ser asumida por las figuras paternas.

*D. Winnicott, La inmadurez adolescente, en “El Hogar nuestro punto de partida”., (1994), Ed.. Paidós

Lic. Carolina Mora

Psicóloga

Consultas: lic.carolinamora@gmail.com

01155641995

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